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Buenos Aires, 9 de Agosto de 2017
Cuántos litros de agua gastan los argentinos para vestirse, alimentarse y moverse
 
 
El agua que sale de la canilla y uno elige gastar –o ahorrar– es solo una mínima parte de lo que realmente consume una persona. La mayor marca la deja el agua que no se ve correr pero se consume durante todo el día, que es la que va a completar la huella hídrica.
Cada mañana, uno utiliza entre 10 y 20 litros de agua para higienizarse. Cepillarse los dientes insume –en el mejor de los casos, es decir, si se cierra la canilla– medio litro de agua. Caso contrario, con el grifo abierto, pueden correr unos 10 litros. A esto se suma una descarga de inodoro, que consume entre 8 y 10 más.
Aunque no esté visible hasta poner una pava a hervir para el desayuno, los litros de agua que corren frente a los ojos pasan de ser decenas a cientos o miles mientras uno se viste y prepara la comida. “El 90 por ciento o más de la huella es cómo nos alimentamos o la ropa que usamos. Es lo más crítico, lo que genera mayor impacto”, explica Roxana Piastrellini, investigadora del Inahe-Conicet e integrante del grupo Clíope, con quienes elaboró un calculador de huella hídrica adaptado a los consumos argentinos. “El agua que se gasta en una tanda de lavarropas son 50 litros, un tercio de la que implica comerse dos tostadas con manteca”, ejemplifica.
La que se utiliza cotidianamente para ir al baño, preparar un mate o lavar la ropa es el agua directa. La huella hídrica se compone, además, por el agua indirecta, es decir, la que está asociada a todos los bienes y servicios que se consumen, como el riego que precisó el campo para su sembrado, fabricación de ropa, alimento de animales y traslados, entre otros.
En la Argentina, se consume un promedio de 500 litros per cápita diarios (variando según la región), es decir, cuatro veces más que lo aconsejado por la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, la huella hídrica que deja, en promedio, cada argentino por día no baja de los 4400 litros, según un reporte de la Unesco.
En principio, la ropa con la que uno se viste cada mañana ya generó un gasto de miles de litros de agua hasta llegar al placard. Para producir un jean, se necesitan 7600 litros; para una remera de algodón, 2700; para un par de zapatos de cuero, 16.000; y para un bolso de medio kilo del mismo material, 7500. Es decir, el agua que uno se pone en la ropa equivale, por lo menos, a la necesaria para llenar 15 piletas de lona medianas. “El origen también influye en la huella. Si es importada, el transporte asociado implica agua para fabricar el combustible o, si el algodón con el que se fabrica se produjo en una zona en la que hay escasez, entonces el impacto es mucho mayor”, aclara Piastrellini.
De todas formas, como la ropa se vuelve a usar, los litros se amortizan. La huella hídrica promedio del jean sería entonces de unos 21 litros, calculando más de 300 puestas; la de la remera, sería de 18, por unos 150 usos; la de los zapatos de cuero, de 53 litros, si se los calza

 

 



 

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